Compartimos las palabras expresadas por Flor en la última Asamblea transcurrida en el Hall de la Sede Independencia de la Facultad de Psicología.
«Hoy no venimos solamente a hablar de docentes despedidos. Venimos a señalar algo mucho más profundo: poner palabras donde otros prefieren el silencio. Porque cada despido, cada espacio clausurado, cada voz acallada, no es solo una injusticia individual. Es una herida en el cuerpo colectivo de nuestra facultad.
Nos encontramos hoy en este espacio común, convocados por una inquietud que atraviesa los cimientos mismos de nuestra Facultad. Los recientes despidos de los docentes de Grupos a cargo de Cintia Rolón, la ausencia de concursos transparentes, la opacidad en las decisiones del consejo y la despolitización promovida por el actual centro de estudiantes y el decanato, nos confrontan con una realidad institucional que merece ser analizada y transformada.
Como diría Ulloa: las instituciones pueden volverse lugares de mortificación, donde las quejas se encierran en susurros estériles y la cultura cotidiana se empobrece, cristalizada en un «así son las cosas». ¿Vamos a aceptar que nuestra formación, nuestro deseo de transformar la realidad, se reduzca a eso? Las instituciones, lejos de ser estructuras estáticas, son organismos vivos, en constante tensión entre lo instituido y lo instituyente. Cuando estas tensiones se silencian o se reprimen, emergen síntomas que evidencian fracturas internas. La falta de transparencia y participación en nuestra facultad no es más que la manifestación de una cultura de la mortificación, donde la queja se convierte en un murmullo estéril y la protesta legítima es desoída.
Esto se traduce en una desmovilización colectiva, en la que las voces disidentes son acalladas y las decisiones se toman en círculos cerrados, alejados de la comunidad que deberían representar. La clausura de las sesiones del consejo y la ausencia de concursos abiertos son ejemplos palpables de una dinámica institucional que prioriza la perpetuación de ciertos poderes por sobre el bienestar y el desarrollo de su comunidad.
Pero la subjetividad no es inocente: se produce en cada vínculo, en cada práctica, en cada omisión. ¿Qué subjetividad nos quieren imponer cuando nos enseñan a callar, a naturalizar los despidos, a estudiar en pasillos rotos mientras las decisiones se toman a espaldas de todes? Es imperativo, entonces, romper con esta inercia.
a refundación institucional no es una utopía inalcanzable, sino una necesidad urgente. Requiere que cada uno de nosotros asuma su singular pertenencia, que articulemos nuestras voces individuales en un coro colectivo capaz de cuestionar, proponer y transformar. La seguridad psíquica de nuestra comunidad académica depende de ello; sin ella, nos arriesgamos a cristalizar roles fijos y a perpetuar una dinámica autoritaria que asfixia la creatividad y el pensamiento crítico.
Es momento de confrontar las fracturas institucionales, de visibilizar las tensiones y de trabajar colectivamente en su resolución. Solo así podremos construir una facultad que no solo forme profesionales, sino también profesionales comprometidos con la transformación social.
No venimos solo a reclamar reincorporaciones. Venimos a reivindicar la potencia instituyente que todavía habita en cada uno de nosotros. Venimos a decir que no vamos a aceptar una facultad vaciada de pensamiento crítico, de disidencia, de deseo.
Este no es un reclamo aislado. Es la defensa de la vida institucional misma. Es la defensa de una facultad que no se limite a reproducir la lógica del mercado, sino que se atreva a pensar, a crear y a resistir.
Nos desafío a asumir este compromiso, a no conformarnos con ser meros espectadores de una realidad que nos incomoda, sino a ser sujetos activos en la construcción de una institución más justa, transparente y democrática. Porque si hoy dejamos pasar estos atropellos, mañana no solo habremos perdido docentes. Habremos perdido también nuestra capacidad de conmovernos, de indignarnos, de soñar otra universidad posible. Y eso, compañeres, no estamos dispuestes a permitirlo.
Muchas gracias.»

«Compartimos las palabras expresadas por Flor en la última Asamblea transcurrida en el Hall de la Sede Independencia de la Facultad de Psicología.
Hoy no venimos solamente a hablar de docentes despedidos. Venimos a señalar algo mucho más profundo: poner palabras donde otros prefieren el silencio. Porque cada despido, cada espacio clausurado, cada voz acallada, no es solo una injusticia individual. Es una herida en el cuerpo colectivo de nuestra facultad.
Nos encontramos hoy en este espacio común, convocados por una inquietud que atraviesa los cimientos mismos de nuestra Facultad. Los recientes despidos de los docentes de Grupos a cargo de Cintia Rolón, la ausencia de concursos transparentes, la opacidad en las decisiones del consejo y la despolitización promovida por el actual centro de estudiantes y el decanato, nos confrontan con una realidad institucional que merece ser analizada y transformada.
Como diría Ulloa: las instituciones pueden volverse lugares de mortificación, donde las quejas se encierran en susurros estériles y la cultura cotidiana se empobrece, cristalizada en un «así son las cosas». ¿Vamos a aceptar que nuestra formación, nuestro deseo de transformar la realidad, se reduzca a eso? Las instituciones, lejos de ser estructuras estáticas, son organismos vivos, en constante tensión entre lo instituido y lo instituyente. Cuando estas tensiones se silencian o se reprimen, emergen síntomas que evidencian fracturas internas. La falta de transparencia y participación en nuestra facultad no es más que la manifestación de una cultura de la mortificación, donde la queja se convierte en un murmullo estéril y la protesta legítima es desoída.
Esto se traduce en una desmovilización colectiva, en la que las voces disidentes son acalladas y las decisiones se toman en círculos cerrados, alejados de la comunidad que deberían representar. La clausura de las sesiones del consejo y la ausencia de concursos abiertos son ejemplos palpables de una dinámica institucional que prioriza la perpetuación de ciertos poderes por sobre el bienestar y el desarrollo de su comunidad.
Pero la subjetividad no es inocente: se produce en cada vínculo, en cada práctica, en cada omisión. ¿Qué subjetividad nos quieren imponer cuando nos enseñan a callar, a naturalizar los despidos, a estudiar en pasillos rotos mientras las decisiones se toman a espaldas de todes? Es imperativo, entonces, romper con esta inercia.
a refundación institucional no es una utopía inalcanzable, sino una necesidad urgente. Requiere que cada uno de nosotros asuma su singular pertenencia, que articulemos nuestras voces individuales en un coro colectivo capaz de cuestionar, proponer y transformar. La seguridad psíquica de nuestra comunidad académica depende de ello; sin ella, nos arriesgamos a cristalizar roles fijos y a perpetuar una dinámica autoritaria que asfixia la creatividad y el pensamiento crítico.
Es momento de confrontar las fracturas institucionales, de visibilizar las tensiones y de trabajar colectivamente en su resolución. Solo así podremos construir una facultad que no solo forme profesionales, sino también profesionales comprometidos con la transformación social.
No venimos solo a reclamar reincorporaciones. Venimos a reivindicar la potencia instituyente que todavía habita en cada uno de nosotros. Venimos a decir que no vamos a aceptar una facultad vaciada de pensamiento crítico, de disidencia, de deseo.
Este no es un reclamo aislado. Es la defensa de la vida institucional misma. Es la defensa de una facultad que no se limite a reproducir la lógica del mercado, sino que se atreva a pensar, a crear y a resistir.
Nos desafío a asumir este compromiso, a no conformarnos con ser meros espectadores de una realidad que nos incomoda, sino a ser sujetos activos en la construcción de una institución más justa, transparente y democrática. Porque si hoy dejamos pasar estos atropellos, mañana no solo habremos perdido docentes. Habremos perdido también nuestra capacidad de conmovernos, de indignarnos, de soñar otra universidad posible. Y eso, compañeres, no estamos dispuestes a permitirlo.
Muchas gracias.»