Flor, una compañera de Sujetos Activos, reflexiona sobre este concepto y lo relaciona con la situación de la Facultad de Psicología
Es preocupante cómo la desmovilización y la despolitización pueden florecer en estos entornos. Las instituciones, en lugar de ser espacios de crecimiento y diálogo, se convierten en jaulas que limitan la expresión y la acción. Es crucial que nos cuestionemos las dinámicas que las atraviesan y busquemos alternativas para construir espacios más justos y democráticos.
“Muchas veces las instituciones en las que se agrupan los hombres a lo largo de sus vidas son globalmente respuestas acostumbradas y ciegas, que han perdido sentido más allá de la inmediatez cotidiana. Como máximo, esas instituciones suministran una pertenencia bajo la forma de una identidad cristalizada, sin mayor valor instrumental, asumida de forma individual o colectiva. Ya veremos cómo aquí se desarrolla la cultura de la mortificación con sus quejas, que no alcanzan a florecer en protesta, como formas subclínicas protomanicomiales, en ámbitos alejados de los manicomios.
En general, quienes habitan una institución en esas condiciones están atrapados en una cultura autónoma donde funcionan como individuos aislados; nadie pregunta en verdad por nadie, y si alguien pretende levantar alguna cuestión que en realidad atañe a muchos o a todos, no encontrará resonancia para sus palabras.
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Cuando en una institución su principal actividad se ha convertido en una respuesta mecanizada, ciega de origen y de objetivos, con frecuencia prevalece un clima de intimidación no demasiado explícito. Quien pretenda denunciar ese estado de cosas, incluso el propio analista, difícilmente ha de encontrar respuestas sino más bien una muda invalidez incapaz de reaccionar.
Ocurre como con la madurez de un niño, que suele estar precedida por la sordera.
Esta situación se expresa en formas características donde las personas han incorporado los síntomas culturales como comportamientos “normalizados”. Una caracteropatía que se presenta impermeable a cualquier denuncia de la situación hecha desde afuera y mucho más desde el propio ámbito. Se organiza un recinto delimitado por lo que no puede decir, y aquello que se dice no resuena; a mayor explicitación mayor sordera e incluso explícito repudio. “Aquí somos así” o “Las cosas siempre fueron así”… es un hecho que la desmovilización social y su consecuente despolitización, dada en las comunidades institucionales, terminan por conducir a esos extremos.
Cuando se trata de una cultura institucional, como la descrita, donde se ha perdido la resonancia que permite hacer eficaz cualquier discurso, incluso el del propio operador, prevalece un clima de hostilidad más o menos encubierto, no tanto porque quede oculto al observador foráneo sino porque los “nativos” han llegado a “normalizar” la mortificación y tolerar el sufrimiento.
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En la cultura de la mortificación, el que dice la verdad predica en el desierto.”
– Ulloa, F. (2011). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Libros del Zorzal. (pp. 164-165)