Borges y Sudán

Por Rubén Escoda Medina

El siguiente texto fue escrito por Rubén, un Sujeto Activo de nacionalidad española, que por su interés en el psicoanálisis decidió juntar sus cosas y mudarse a estudiar en la UBA. En su travesía como médico sin frontera, tuvo un paso de tres meses por Sudán, donde llevó sus libros de Borges y los compartió con los sudaneses.

Os quería decir no más que en estos tres meses compartí a Borges con mis compañeres sudaneses. Tanto que a uno le envíe las obras completas de Borges en inglés traducido a la digitalidad.

Tanto reímos por ciertas reflexiones borgeanas, que una parte de su marca también ahora mnénica queda en Sudán. Tanto me emocionó que escribí este relato 🙂

«Borges en Sudán»

Quería compartirles una cosa.
Una cosa mecánica.
De vielas y transmisiones.
De transmisión borgeana.

Tres meses pasando nubes y lunas por Sudán.
Compartiendo mi pobre andamiaje con ajenos. Se es extranjero de carta y pobre en universalidad.

Al atardecer con el trabajo hecho, o avanzado,
y el deshecho lomo del cuerpo o el alma abatidos, íbamos mis compañeros sudaneses y yo a una esquina (no diré del barrio porque no lo llamarían así) de la comunidad.

Los oasis cambian de forma como las ilusiones por generaciones. Qué lindo es ilusionarse aún.

Y en el momento que Sabah nos traía ese café oscuro con gengibre en polvo machacado, eso sucedía.
El alba y el ocaso se tocaban.

Sabah significa mañana en las letras del Aleph. Como silencioso se alza y pone el astro en deslizada, desplazada puntualidad.

Y es que la picadora de carne del vericueto de oficina podría transformar a la piedra en un peñazo.
Y a la plata en un plomo.

Pero los oasis evitan que les viajeres desfallezcan.
Ahí se regeneraban fuerzas. Alzábanse ideas, confesiones y relatos.
En muchos reíamos con el ruido de fondo de seniles infantes todavía enojados por los resultados de sus partidas de cartas atávicas.

En otros no reíamos. Solo mirábamos el silencio del alma de quien se desplaza por un conflicto. O sea, tanto el sudanés como el finlandés, sin la arrogancia de realizar analogías.

Y he aquí el motivo de estas líneas tras calentar las arenas de letras sin relojes.

En aquellos momentos la comunidad pasaba, por momentos, por transformaciones. Un entre Sudán y Argentina.
Gedaref y Buenos Aires.

Se compartían metáforas borgeanas. Si el día fue duro y entregosé lo mejor posible, sin perfecciones ni excelencias, como una nonagenaria retaíla se comentaba: «Los deberes de todo ser humano son ser justo y ser feliz». Como hay derechos flexibles postmortem de lo citado, se continuaba citando de letra de este siglo. «Ya intentamos ser justos sujetando la tensión del duro laburo. Ahora nos merecemos intentar ser felices. Aunque sea con lo que hay.»

Una atardecida mañana y un sencillo café.

Los sudaneses nunca brindan. A partir de ese momento, que no quedó nunca registrado, desde el blanco nilo hasta el este de Darfour, se brindaba.

Sin citas, pero inmerso en el tintineo. Allah toma y retoma el discurso allá.

Tampoco hace falta hacerle competencia. Sin embargo se habla de un viejo loco pastor que en su juventud hizo tareas y remaches de oficio en eso que llamaban cooperacion y humanitaria (antes de que fuera tarde para la una y la otra palabra).

Del pastor se contaba que demenciaba y certificaba conocer en directo contacto de las últimas cenas con los primeros brindis incorporados entre extrañas frases sobre justicia y felicidad.

Nadie lo creyó nunca y aún así todos se sentaban a compartir su suelo.
Con la comida y los vasos dispuestos a ser levantados.

Por último, entre otras, también cuando el viaje oceánico pasa por crisis de calma chicha de inerte pulsación o tempestades inesperadas, hay quienes se persignan sin resignarse y otres que se rebelan contra ese inefable principio de realidad.

Hasta que la brujula cambia o se la acompaña hacia nuevas coordenadas.

Cuántas veces en esa tripulacion navegante también se jarriaba al grito de un congreso. Y para aplacar los ánimos sin solución inmediata se decía uno a los otros: «lo importante es que había un plan».

Ya entonces la tormenta no peligraba. Atronaban entre nubios y somalíes a risotadas. Se vivía en un entre, del borde de una banda.

Quien lanzaba ese cínico cañón tornábase capitán unos instantes.

Decían que era un Borges, o un borgeano. Ese marinero sin luces que encontró a Dios entre la exigua luz de las grietas durante la oscuridad.

Nadie nunca entendió la fonética occidental de su nominación.

Y ya, para terminar.
Como todas las despedidas, o los deseos, o el compromiso ardúo, desea uno llegar a buen puerto o tocar la cima.
Mas que cruel es el azar que no importa de bonanzas o intenciones sino de un giro a ruleta o sorteo.

Imagina una despedia de cuatro días. Pesa. Imagina ahora que durante tres días al azar le cae aleatoria ficha impidiendo un tiempo de comfort y duradero en compartir previo al partir.

Con esto queda la última tercia rémora borgeana.
Si la brújula no acompaña se busca señalar no un camino sino un éter culpable donde proyectar de más la frustración vulnerable interna que no se puede ver.

Y acá aparece un tercio o un turco que da con alquimica solución al resto:
«Aprovechando que estamos en estos contrarios menesteres, más que señalar punzando o martillar juzgando, parece que no podemos evitar en estos días ser atropellados por un camello ciego.

Fuimos golpeados. Qué podemos hacerle ya.
No nos culpemos más que la pulpa de la quijada aún cruje.
Levantémonos alzado al suelo y sigamos con nuestros desempolvados deseos y deberes.»

Hay ocasiones así, también, de camellos ciegos que nos atropellan sin falta o evitación. Brindemos hasta el cafetero poso.

Me hubiera gustado no una sino tres horas con ustedes. Tenemos ésta, bebamos del vaso del ahora, hasta el siguiente cabello o camello, que Odisea o Paradiso al menos laburando o celebrando nos encuentre.»

Adios Sudán, adios.
Continua Borges en estas áridas tierras el testimonio en británico traducido a través de las almas de cuatro sudaneses.

Nuevo congreso de arena, quizás sin libro, pero sí más libres.

Tierra de camellos, nómadas y pirámides de bibliotecas de la observación heredada por el viento y la tradición. Al milenario blanco Nilo ofrendado.

No más que menos su amabilidad y luna,

Gamar.

El siguiente texto fue escrito por Rubén, un Sujeto Activo de nacionalidad española, que por su interés en el psicoanálisis decidió juntar sus cosas y mudarse a estudiar en la UBA. En su travesía como médico sin frontera, tuvo un paso de tres meses por Sudán, donde llevó sus libros de Borges y los compartió con los sudaneses.

Os quería decir no más que en estos tres meses compartí a Borges con mis compañeres sudaneses. Tanto que a uno le envíe las obras completas de Borges en inglés traducido a la digitalidad.

Tanto reímos por ciertas reflexiones borgeanas, que una parte de su marca también ahora mnénica queda en Sudán. Tanto me emocionó que escribí este relato 🙂

«Borges en Sudán»

Quería compartirles una cosa.
Una cosa mecánica.
De vielas y transmisiones.
De transmisión borgeana.

Tres meses pasando nubes y lunas por Sudán.
Compartiendo mi pobre andamiaje con ajenos. Se es extranjero de carta y pobre en universalidad.

Al atardecer con el trabajo hecho, o avanzado,
y el deshecho lomo del cuerpo o el alma abatidos, íbamos mis compañeros sudaneses y yo a una esquina (no diré del barrio porque no lo llamarían así) de la comunidad.

Los oasis cambian de forma como las ilusiones por generaciones. Qué lindo es ilusionarse aún.

Y en el momento que Sabah nos traía ese café oscuro con gengibre en polvo machacado, eso sucedía.
El alba y el ocaso se tocaban.

Sabah significa mañana en las letras del Aleph. Como silencioso se alza y pone el astro en deslizada, desplazada puntualidad.

Y es que la picadora de carne del vericueto de oficina podría transformar a la piedra en un peñazo.
Y a la plata en un plomo.

Pero los oasis evitan que les viajeres desfallezcan.
Ahí se regeneraban fuerzas. Alzábanse ideas, confesiones y relatos.
En muchos reíamos con el ruido de fondo de seniles infantes todavía enojados por los resultados de sus partidas de cartas atávicas.

En otros no reíamos. Solo mirábamos el silencio del alma de quien se desplaza por un conflicto. O sea, tanto el sudanés como el finlandés, sin la arrogancia de realizar analogías.

Y he aquí el motivo de estas líneas tras calentar las arenas de letras sin relojes.

En aquellos momentos la comunidad pasaba, por momentos, por transformaciones. Un entre Sudán y Argentina.
Gedaref y Buenos Aires.

Se compartían metáforas borgeanas. Si el día fue duro y entregosé lo mejor posible, sin perfecciones ni excelencias, como una nonagenaria retaíla se comentaba: «Los deberes de todo ser humano son ser justo y ser feliz». Como hay derechos flexibles postmortem de lo citado, se continuaba citando de letra de este siglo. «Ya intentamos ser justos sujetando la tensión del duro laburo. Ahora nos merecemos intentar ser felices. Aunque sea con lo que hay.»

Una atardecida mañana y un sencillo café.

Los sudaneses nunca brindan. A partir de ese momento, que no quedó nunca registrado, desde el blanco nilo hasta el este de Darfour, se brindaba.

Sin citas, pero inmerso en el tintineo. Allah toma y retoma el discurso allá.

Tampoco hace falta hacerle competencia. Sin embargo se habla de un viejo loco pastor que en su juventud hizo tareas y remaches de oficio en eso que llamaban cooperacion y humanitaria (antes de que fuera tarde para la una y la otra palabra).

Del pastor se contaba que demenciaba y certificaba conocer en directo contacto de las últimas cenas con los primeros brindis incorporados entre extrañas frases sobre justicia y felicidad.

Nadie lo creyó nunca y aún así todos se sentaban a compartir su suelo.
Con la comida y los vasos dispuestos a ser levantados.

Por último, entre otras, también cuando el viaje oceánico pasa por crisis de calma chicha de inerte pulsación o tempestades inesperadas, hay quienes se persignan sin resignarse y otres que se rebelan contra ese inefable principio de realidad.

Hasta que la brujula cambia o se la acompaña hacia nuevas coordenadas.

Cuántas veces en esa tripulacion navegante también se jarriaba al grito de un congreso. Y para aplacar los ánimos sin solución inmediata se decía uno a los otros: «lo importante es que había un plan».

Ya entonces la tormenta no peligraba. Atronaban entre nubios y somalíes a risotadas. Se vivía en un entre, del borde de una banda.

Quien lanzaba ese cínico cañón tornábase capitán unos instantes.

Decían que era un Borges, o un borgeano. Ese marinero sin luces que encontró a Dios entre la exigua luz de las grietas durante la oscuridad.

Nadie nunca entendió la fonética occidental de su nominación.

Y ya, para terminar.
Como todas las despedidas, o los deseos, o el compromiso ardúo, desea uno llegar a buen puerto o tocar la cima.
Mas que cruel es el azar que no importa de bonanzas o intenciones sino de un giro a ruleta o sorteo.

Imagina una despedia de cuatro días. Pesa. Imagina ahora que durante tres días al azar le cae aleatoria ficha impidiendo un tiempo de comfort y duradero en compartir previo al partir.

Con esto queda la última tercia rémora borgeana.
Si la brújula no acompaña se busca señalar no un camino sino un éter culpable donde proyectar de más la frustración vulnerable interna que no se puede ver.

Y acá aparece un tercio o un turco que da con alquimica solución al resto:
«Aprovechando que estamos en estos contrarios menesteres, más que señalar punzando o martillar juzgando, parece que no podemos evitar en estos días ser atropellados por un camello ciego.

Fuimos golpeados. Qué podemos hacerle ya.
No nos culpemos más que la pulpa de la quijada aún cruje.
Levantémonos alzado al suelo y sigamos con nuestros desempolvados deseos y deberes.»

Hay ocasiones así, también, de camellos ciegos que nos atropellan sin falta o evitación. Brindemos hasta el cafetero poso.

Me hubiera gustado no una sino tres horas con ustedes. Tenemos ésta, bebamos del vaso del ahora, hasta el siguiente cabello o camello, que Odisea o Paradiso al menos laburando o celebrando nos encuentre.»

Adios Sudán, adios.
Continua Borges en estas áridas tierras el testimonio en británico traducido a través de las almas de cuatro sudaneses.

Nuevo congreso de arena, quizás sin libro, pero sí más libres.

Tierra de camellos, nómadas y pirámides de bibliotecas de la observación heredada por el viento y la tradición. Al milenario blanco Nilo ofrendado.

No más que menos su amabilidad y luna,

Gamar.

También puede interesarte:

  • All Posts
  • Arte y creatividad
  • Opinión y reflexiones
  • Marco teórico

© Copyright Sujetos Activos 2025

Diseño Web estiloArte.com