Institucion(es)

Por Florencia Luca

Fernando UlloaFernando Ulloa, en su análisis institucional, nos alerta sobre la «cultura de la mortificación» que puede habitar en las instituciones. Un espacio donde la respuesta mecanizada, la intimidación sutil y la normalización del sufrimiento se convierten en la norma. Ulloa lo describe con precisión: «En la cultura de la mortificación, el que dice la verdad predica en el desierto.»

Flor, una compañera de Sujetos Activos, reflexiona sobre este concepto y lo relaciona con la situación de la Facultad de Psicología

Es preocupante cómo la desmovilización y la despolitización pueden florecer en estos entornos. Las instituciones, en lugar de ser espacios de crecimiento y diálogo, se convierten en jaulas que limitan la expresión y la acción. Es crucial que nos cuestionemos las dinámicas que las atraviesan y busquemos alternativas para construir espacios más justos y democráticos.

A continuación, compartimos una cita de Fernando Ulloa (2011):

“Muchas veces las instituciones en las que se agrupan los hombres a lo largo de sus vidas son globalmente respuestas acostumbradas y ciegas, que han perdido sentido más allá de la inmediatez cotidiana. Como máximo, esas instituciones suministran una pertenencia bajo la forma de una identidad cristalizada, sin mayor valor instrumental, asumida de forma individual o colectiva. Ya veremos cómo aquí se desarrolla la cultura de la mortificación con sus quejas, que no alcanzan a florecer en protesta, como formas subclínicas protomanicomiales, en ámbitos alejados de los manicomios.

En general, quienes habitan una institución en esas condiciones están atrapados en una cultura autónoma donde funcionan como individuos aislados; nadie pregunta en verdad por nadie, y si alguien pretende levantar alguna cuestión que en realidad atañe a muchos o a todos, no encontrará resonancia para sus palabras.

[…]

Cuando en una institución su principal actividad se ha convertido en una respuesta mecanizada, ciega de origen y de objetivos, con frecuencia prevalece un clima de intimidación no demasiado explícito. Quien pretenda denunciar ese estado de cosas, incluso el propio analista, difícilmente ha de encontrar respuestas sino más bien una muda invalidez incapaz de reaccionar.

Ocurre como con la madurez de un niño, que suele estar precedida por la sordera.
Esta situación se expresa en formas características donde las personas han incorporado los síntomas culturales como comportamientos “normalizados”. Una caracteropatía que se presenta impermeable a cualquier denuncia de la situación hecha desde afuera y mucho más desde el propio ámbito. Se organiza un recinto delimitado por lo que no puede decir, y aquello que se dice no resuena; a mayor explicitación mayor sordera e incluso explícito repudio. “Aquí somos así” o “Las cosas siempre fueron así”… es un hecho que la desmovilización social y su consecuente despolitización, dada en las comunidades institucionales, terminan por conducir a esos extremos.

Cuando se trata de una cultura institucional, como la descrita, donde se ha perdido la resonancia que permite hacer eficaz cualquier discurso, incluso el del propio operador, prevalece un clima de hostilidad más o menos encubierto, no tanto porque quede oculto al observador foráneo sino porque los “nativos” han llegado a “normalizar” la mortificación y tolerar el sufrimiento.

[…]

En la cultura de la mortificación, el que dice la verdad predica en el desierto.”

– Ulloa, F. (2011). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Libros del Zorzal. (pp. 164-165)

Fernando UlloaFernando Ulloa, en su análisis institucional, nos alerta sobre la «cultura de la mortificación» que puede habitar en las instituciones. Un espacio donde la respuesta mecanizada, la intimidación sutil y la normalización del sufrimiento se convierten en la norma. Ulloa lo describe con precisión: «En la cultura de la mortificación, el que dice la verdad predica en el desierto.»

Flor, una compañera de Sujetos Activos, reflexiona sobre este concepto y lo relaciona con la situación de la Facultad de Psicología

Es preocupante cómo la desmovilización y la despolitización pueden florecer en estos entornos. Las instituciones, en lugar de ser espacios de crecimiento y diálogo, se convierten en jaulas que limitan la expresión y la acción. Es crucial que nos cuestionemos las dinámicas que las atraviesan y busquemos alternativas para construir espacios más justos y democráticos.

A continuación, compartimos una cita de Fernando Ulloa (2011):

“Muchas veces las instituciones en las que se agrupan los hombres a lo largo de sus vidas son globalmente respuestas acostumbradas y ciegas, que han perdido sentido más allá de la inmediatez cotidiana. Como máximo, esas instituciones suministran una pertenencia bajo la forma de una identidad cristalizada, sin mayor valor instrumental, asumida de forma individual o colectiva. Ya veremos cómo aquí se desarrolla la cultura de la mortificación con sus quejas, que no alcanzan a florecer en protesta, como formas subclínicas protomanicomiales, en ámbitos alejados de los manicomios.

En general, quienes habitan una institución en esas condiciones están atrapados en una cultura autónoma donde funcionan como individuos aislados; nadie pregunta en verdad por nadie, y si alguien pretende levantar alguna cuestión que en realidad atañe a muchos o a todos, no encontrará resonancia para sus palabras.

[…]

Cuando en una institución su principal actividad se ha convertido en una respuesta mecanizada, ciega de origen y de objetivos, con frecuencia prevalece un clima de intimidación no demasiado explícito. Quien pretenda denunciar ese estado de cosas, incluso el propio analista, difícilmente ha de encontrar respuestas sino más bien una muda invalidez incapaz de reaccionar.

Ocurre como con la madurez de un niño, que suele estar precedida por la sordera.
Esta situación se expresa en formas características donde las personas han incorporado los síntomas culturales como comportamientos “normalizados”. Una caracteropatía que se presenta impermeable a cualquier denuncia de la situación hecha desde afuera y mucho más desde el propio ámbito. Se organiza un recinto delimitado por lo que no puede decir, y aquello que se dice no resuena; a mayor explicitación mayor sordera e incluso explícito repudio. “Aquí somos así” o “Las cosas siempre fueron así”… es un hecho que la desmovilización social y su consecuente despolitización, dada en las comunidades institucionales, terminan por conducir a esos extremos.

Cuando se trata de una cultura institucional, como la descrita, donde se ha perdido la resonancia que permite hacer eficaz cualquier discurso, incluso el del propio operador, prevalece un clima de hostilidad más o menos encubierto, no tanto porque quede oculto al observador foráneo sino porque los “nativos” han llegado a “normalizar” la mortificación y tolerar el sufrimiento.

[…]

En la cultura de la mortificación, el que dice la verdad predica en el desierto.”

– Ulloa, F. (2011). Novela clínica psicoanalítica. Historial de una práctica. Libros del Zorzal. (pp. 164-165)

(Psico) Análisis institucional

Hablar de instituciones es hablar de las tensiones que las habitan, de los vínculos que las sostienen y de los conflictos que las atraviesan. Es mirar más allá de las normas y estructuras para adentrarse en los sentidos compartidos, los pactos implícitos y los síntomas que dan cuenta de su vitalidad o, en ocasiones, de su estancamiento. Fernando Ulloa, un pensador que supo leer las instituciones desde su complejidad, nos brinda herramientas para este ejercicio. No desde una postura meramente teórica, sino desde un compromiso profundamente ético y práctico.
Ulloa entendía las instituciones como campos dinámicos, donde lo que está instituido y lo que busca instituirse entran en constante tensión. En su obra, no se conforma con una explicación histórica o causal de los conflictos, sino que nos invita a interrogarnos sobre el “para qué” de esos síntomas que emergen. Desde esta perspectiva, el conflicto no es una anomalía que deba erradicarse, sino una oportunidad para comprender, transformar y construir un espacio más saludable y democrático. 

Reivindicar a Ulloa es también reivindicar una forma de pensar y actuar en lo colectivo. Es recuperar una mirada crítica que nos aleja de la tentación de naturalizar las dinámicas institucionales y, en cambio, nos interpela a problematizarlas. Como bien decía su amigo y colega José Bleger: “una institución no debe ser considerada sana o normal cuando en ella no existe conflicto, sino cuando puede estar en condiciones de explicitar sus problemas y posee los medios y la posibilidad de arbitrar medidas para su resolución”. 

En el caso de la Facultad de Psicología, esta perspectiva nos resulta particularmente valiosa. La casa de estudios que habitamos no es solo un espacio de formación, sino también un lugar donde los conflictos –presupuestarios, estructurales, ideológicos– se hacen presentes. Lejos de negarlos, este análisis institucional busca darles un lugar de enunciación, explorar su historia y, sobre todo, pensar en su “para qué”. Porque sólo comprendiendo las dinámicas que nos atraviesan como comunidad podremos imaginar transformaciones que nos permitan avanzar hacia una institución más justa, participativa y acorde a las demandas de quienes la conformamos.

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